Me
propuse hacerla reír, porque para rehuir a los sentimientos recalcitrantes del
amor, primero hay que reír, sentirse agradable con los amigos cercanos. Yo no
era un amigo, menos un amigo cercano. Recién nos habíamos conocido. Pero al
verla en tal estado, los brazos cruzados sobre la carpeta individual, el
aspecto de no haber dormido nunca, me hizo recordar el amor que sentí por
Aurora, amor desconcertante que es el primer amor. Adquirí experiencia en esto.
La vi, y me propuse a hacerla reír, a ayudarla de tal preocupación.
-Hola
–le dije.
Levantó
la cabeza, los ojos algo legañosos, me miró, y rió. Yo tenía fama de ser un
muchachito lector de libros gruesos. En realidad, me gustaba mucho la lectura,
sobre todo sentir las páginas olorosas de los textos viejos.
-¿Qué
tienes? ¿Te pasa algo? –hice del hombre que desconoce incluso sus preguntas.
-Nada
–contestó-. No me pasa nada.
Pero
sus ojos, su carita de manzana chilena, decían lo contrario.
-Estás
enamorada, ¿no? –continué.
Ella
sonrió. Y me gustó verla sonreír. Aquella sonrisa, de aquel segundo año
universitario, meses después, me hizo conocer las obsesiones, los celos, la
desconfianza, la inseguridad, y la cruda ridiculez a lo que se llega a hacer
por una mujer. Al mirarla a los ojos, supe que la ayuda, más adelante, la
necesitaría yo.

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