sábado, 23 de marzo de 2013

Muerte de D


-A muerto D –me dijo.
Aquel lunes en la tarde tenía examen, me había despertado temprano a estudiar. Eran las siete de la mañana. Mi hermano miraba mi reacción incrédula desde la puerta.
-¿No me crees? La gente está amontonada en la calle.
-Ayer estuvimos en la plaza –balbuceé–. Estuvimos comiendo pollo.
Mi hermano me miró, no apartaba su mirada de mis pequeños coágulos rotos.
-Levántate. Anda mira si quieres –continuó.
Dejé el cuaderno en la almohada, salté de la cama, y salí corriendo hasta llegar a la esquina. Muchos amigos se encontraban muy consternados en la vereda. Conversaban, miraban quién entraba o salía de casa de D. No pude contener las lágrimas. A mi costado había otros amigos, también muy afligidos.
-Gracias –me había dicho D -. Cuando tenga plata, me acordaré de ti.
Lo había notado algo triste, recordé, quizá esa tristeza hizo que le invitara el salchipollo, dejando de lado mi egoísmo, porque era muy egoísta. Lloroso, me senté en la piedra rectangular donde D y los demás muchachos solíamos bromear y conversar hasta tarde. Escuchaba los murmuros. “Tomó veneno”, decían.   

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