Su marido es policía, mide más de uno ochenta. Cada vez que me encuentra en el pasadizo, me saluda, me sonríe; y al pasar acompañada del esposo, pasa seria, conversa con él, hace como si nunca me hubiera saludado. Es delgada, no muy alta; con unas ligeras pequitas que adornan sus cabellos castaños. Un día, a las once de la noche, me encontraba escribiendo en la computadora. Y tocaron la puerta. Me asusté. ¿Quién puede ser a esta hora? Además, aún tenía la paranoia del robo sufrido hace meses. Me armé de valor, abrí la puerta y encontré a mi vecina, seria; me saluda, tartamuda, me dice que le ayude a mover un recipiente que se encuentra en la ducha. Quedé desconcertado, no sabía si mirarla o rehuir la mirada hacia los cordeles de ropa: solo tenía envuelta una toalla. Moví el tanque, y nervioso regresé a mi habitación. Desde allí escuchaba caer el agua. “Me está poniendo a prueba”, me dije. Desde entonces, no he dejado de pensar en ella. Todas las mañanas la encuentro, y me saluda sonriente. Y cada vez que lo hace, trato de corresponderle de la misma forma; y cuando estoy leyendo, pierdo rápidamente la concentración. Espero pasar el examen.

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