sábado, 23 de marzo de 2013

Marisel o la mujer más hermosa del mundo


No la veía hace seis años. Estaba seguro que la encontraría allí. Fue fácil deducirlo: vive en el Rímac, es joven, soltera, y hay una fecha especial por qué salir. El problema era la hora. Pero también tuve que deducirlo: en verano el sol tarda en ocultarse, ella “parece” ser muy delicada, y seguro es de aquellas chicas que detestan el sol; además, ha de estar de pie, y el bochorno sería insoportable. Otra cosa: los grupos tardan en presentarse. En la Serenata a Lima, no sería la excepción. A las siete en punto llegué a la Plaza Mayor. Ella llegaría por Puente Trujillo. Ahora, ¿dónde la esperaría? Solo quería verla, y regresar a casa. Sin embargo, esperándola emocionado, se me ocurrió algo más atrevido: si estaba allí, no solo tenía que verla, sino pasar junto a ella, mirarla de cerca; y, si era posible, rozar su piel con el extremo de mi brazo. No me reconocería. Me coloqué en la esquina del Palacio Municipal, frente a la pileta donde años antes estuvo la estatua de Francisco Pizarro. Transcurrían los minutos, los grupos musicales se sucedían, se escuchaba la voz horrible de Thorsen. En realidad, lo detestaba, un personaje público cuando alcanza el éxito, lo utiliza como fin político; esto es aberrante, en mi concepto, y Thorsen había apoyado a Villarán en la campaña municipal y ahora la seguía apoyando, en contra de la revocatoria. Aun así lo toleré. Eran las nueve y veinte, la plaza estaba saturada. Los asistentes coreaban eufóricos, tomando cervezas en lata. De súbito, aparece Marisel, próxima a llegar a la pista. Contemplé sus hermosos ojos serios, la forma de su peinado, la línea ovalada de su rostro, sus labios entreabiertos como si estuvieran a punto de darle un pequeño mordisco a una manzana, y sus bracitos de gatita sumisa, con el ademán de siempre: no había cambiado en nada. Vestía polo y jean, y llegaba con una amiga. Crucé la pista, la miré de reojo, la gente empujaba; a solo unos pasos, me incliné hacia la derecha. Hice lo imposible por tocarla, lo logré, y como lo había advertido, ella ni siquiera reparó en mi presencia. Pasó de frente. Y yo seguí caminando, sonriendo, muy a gusto, de haber tocado el pliegue de su polo lila, con el pliegue de la manga de mi camisa.

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