La Sra. Aída
Está
frente a mi puerta. Se lleva el índice a la boca, jala hacia abajo el labio
inferior, lo estira, lo pone tersa, y adquiriere una pose provocadora. Hemos
tomado en el cuarto de su hermana, hasta muy tarde. La señora María está en su
habitación, su esposo ha salido por más cervezas. Yo, por inercia, por el hecho
de estar solo un momento, un instante, entro a mi cuarto, sin percatarme que,
la señora Aída, me seguía. Administra un negocio de gas en la seis de Gran
Chimú. Es madre soltera. Tiene cuarenta y cuatro años, el próximo mes cumple
cuarenta y cinco. La miro, noto en su mirada algo infantil y juguetona. Se
muerde los labios, coloca la planta del pie contra la pared. Me hace un gesto
insinuante, entiendo. “Ahí está su hermana”, pienso. Al pensar esto, sonrío, lo
disfruto, y abro más la puerta. Aída da un paso, luego otro, parece una mujer
con aficiones de modelo, y al cruzar el umbral roza su brazo izquierdo contra
mi pecho. Y cierro la puerta.
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