sábado, 23 de marzo de 2013

La Sra. Aída


Está frente a mi puerta. Se lleva el índice a la boca, jala hacia abajo el labio inferior, lo estira, lo pone tersa, y adquiriere una pose provocadora. Hemos tomado en el cuarto de su hermana, hasta muy tarde. La señora María está en su habitación, su esposo ha salido por más cervezas. Yo, por inercia, por el hecho de estar solo un momento, un instante, entro a mi cuarto, sin percatarme que, la señora Aída, me seguía. Administra un negocio de gas en la seis de Gran Chimú. Es madre soltera. Tiene cuarenta y cuatro años, el próximo mes cumple cuarenta y cinco. La miro, noto en su mirada algo infantil y juguetona. Se muerde los labios, coloca la planta del pie contra la pared. Me hace un gesto insinuante, entiendo. “Ahí está su hermana”, pienso. Al pensar esto, sonrío, lo disfruto, y abro más la puerta. Aída da un paso, luego otro, parece una mujer con aficiones de modelo, y al cruzar el umbral roza su brazo izquierdo contra mi pecho. Y cierro la puerta. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario