sábado, 23 de marzo de 2013

Amor


Me propuse hacerla reír, porque para rehuir a los sentimientos recalcitrantes del amor, primero hay que reír, sentirse agradable con los amigos cercanos. Yo no era un amigo, menos un amigo cercano. Recién nos habíamos conocido. Pero al verla en tal estado, los brazos cruzados sobre la carpeta individual, el aspecto de no haber dormido nunca, me hizo recordar el amor que sentí por Aurora, amor desconcertante que es el primer amor. Adquirí experiencia en esto. La vi, y me propuse a hacerla reír, a ayudarla de tal preocupación.
-Hola –le dije.
Levantó la cabeza, los ojos algo legañosos, me miró, y rió. Yo tenía fama de ser un muchachito lector de libros gruesos. En realidad, me gustaba mucho la lectura, sobre todo sentir las páginas olorosas de los textos viejos.
-¿Qué tienes? ¿Te pasa algo? –hice del hombre que desconoce incluso sus preguntas.
-Nada –contestó-. No me pasa nada. 
Pero sus ojos, su carita de manzana chilena, decían lo contrario.
-Estás enamorada, ¿no? –continué.
Ella sonrió. Y me gustó verla sonreír. Aquella sonrisa, de aquel segundo año universitario, meses después, me hizo conocer las obsesiones, los celos, la desconfianza, la inseguridad, y la cruda ridiculez a lo que se llega a hacer por una mujer. Al mirarla a los ojos, supe que la ayuda, más adelante, la necesitaría yo.

Muerte de D


-A muerto D –me dijo.
Aquel lunes en la tarde tenía examen, me había despertado temprano a estudiar. Eran las siete de la mañana. Mi hermano miraba mi reacción incrédula desde la puerta.
-¿No me crees? La gente está amontonada en la calle.
-Ayer estuvimos en la plaza –balbuceé–. Estuvimos comiendo pollo.
Mi hermano me miró, no apartaba su mirada de mis pequeños coágulos rotos.
-Levántate. Anda mira si quieres –continuó.
Dejé el cuaderno en la almohada, salté de la cama, y salí corriendo hasta llegar a la esquina. Muchos amigos se encontraban muy consternados en la vereda. Conversaban, miraban quién entraba o salía de casa de D. No pude contener las lágrimas. A mi costado había otros amigos, también muy afligidos.
-Gracias –me había dicho D -. Cuando tenga plata, me acordaré de ti.
Lo había notado algo triste, recordé, quizá esa tristeza hizo que le invitara el salchipollo, dejando de lado mi egoísmo, porque era muy egoísta. Lloroso, me senté en la piedra rectangular donde D y los demás muchachos solíamos bromear y conversar hasta tarde. Escuchaba los murmuros. “Tomó veneno”, decían.   

Tu vientre


Siempre miramos la película que compra en Gran Chimú. En las escenas románticas, besos prolongados, insinuaciones eróticas, coloco mi mano en su vientre. Mis dedos, sigilosos, como patitas de araña cazadora, en busca de su presa, levantan la puntita del pliegue de su blusa. Cuando mi mano cubre su vientre, me detengo, no puedo osar más lejos; de lo contrario, se incorpora, se irrita, y sin hacer un gesto despectivo, dice: “Tengo que irme. Es tarde. Lo siento”. No debo pasar la línea imaginaria que ha trazado. Lo he intentado muchas veces, y todas esas veces rehusó, y me ha dejado a mitad de película. Cada vez que llego a la última escena de nuestras citas, queda impregnado en mí, el veneno de su flácido vientre, de sus ojos vacilantes. Siempre me lo pregunto, por qué lo hice, por qué pasé la línea, y siempre vuelvo a caer. Tengo la cabeza obtusa, no sé aprovechar su compañía. Su vientre de serpiente puedo acariciar, sentir su tibieza, su elasticidad; si oso ir más allá, me muerde, y me deja inoculado el veneno de esta tarde llena de música, de ruidos de skateboard y gritos infantiles, que llegan desde el parque. 

Marisel o la mujer más hermosa del mundo


No la veía hace seis años. Estaba seguro que la encontraría allí. Fue fácil deducirlo: vive en el Rímac, es joven, soltera, y hay una fecha especial por qué salir. El problema era la hora. Pero también tuve que deducirlo: en verano el sol tarda en ocultarse, ella “parece” ser muy delicada, y seguro es de aquellas chicas que detestan el sol; además, ha de estar de pie, y el bochorno sería insoportable. Otra cosa: los grupos tardan en presentarse. En la Serenata a Lima, no sería la excepción. A las siete en punto llegué a la Plaza Mayor. Ella llegaría por Puente Trujillo. Ahora, ¿dónde la esperaría? Solo quería verla, y regresar a casa. Sin embargo, esperándola emocionado, se me ocurrió algo más atrevido: si estaba allí, no solo tenía que verla, sino pasar junto a ella, mirarla de cerca; y, si era posible, rozar su piel con el extremo de mi brazo. No me reconocería. Me coloqué en la esquina del Palacio Municipal, frente a la pileta donde años antes estuvo la estatua de Francisco Pizarro. Transcurrían los minutos, los grupos musicales se sucedían, se escuchaba la voz horrible de Thorsen. En realidad, lo detestaba, un personaje público cuando alcanza el éxito, lo utiliza como fin político; esto es aberrante, en mi concepto, y Thorsen había apoyado a Villarán en la campaña municipal y ahora la seguía apoyando, en contra de la revocatoria. Aun así lo toleré. Eran las nueve y veinte, la plaza estaba saturada. Los asistentes coreaban eufóricos, tomando cervezas en lata. De súbito, aparece Marisel, próxima a llegar a la pista. Contemplé sus hermosos ojos serios, la forma de su peinado, la línea ovalada de su rostro, sus labios entreabiertos como si estuvieran a punto de darle un pequeño mordisco a una manzana, y sus bracitos de gatita sumisa, con el ademán de siempre: no había cambiado en nada. Vestía polo y jean, y llegaba con una amiga. Crucé la pista, la miré de reojo, la gente empujaba; a solo unos pasos, me incliné hacia la derecha. Hice lo imposible por tocarla, lo logré, y como lo había advertido, ella ni siquiera reparó en mi presencia. Pasó de frente. Y yo seguí caminando, sonriendo, muy a gusto, de haber tocado el pliegue de su polo lila, con el pliegue de la manga de mi camisa.

La Sra. Aída


Está frente a mi puerta. Se lleva el índice a la boca, jala hacia abajo el labio inferior, lo estira, lo pone tersa, y adquiriere una pose provocadora. Hemos tomado en el cuarto de su hermana, hasta muy tarde. La señora María está en su habitación, su esposo ha salido por más cervezas. Yo, por inercia, por el hecho de estar solo un momento, un instante, entro a mi cuarto, sin percatarme que, la señora Aída, me seguía. Administra un negocio de gas en la seis de Gran Chimú. Es madre soltera. Tiene cuarenta y cuatro años, el próximo mes cumple cuarenta y cinco. La miro, noto en su mirada algo infantil y juguetona. Se muerde los labios, coloca la planta del pie contra la pared. Me hace un gesto insinuante, entiendo. “Ahí está su hermana”, pienso. Al pensar esto, sonrío, lo disfruto, y abro más la puerta. Aída da un paso, luego otro, parece una mujer con aficiones de modelo, y al cruzar el umbral roza su brazo izquierdo contra mi pecho. Y cierro la puerta. 

El beso


Nunca antes sentí envidia de un beso. Él y ella, los ojos cerrados. Él inclinado hacia la derecha, ella, hacia la izquierda. Él entreabría los labios, ella le mordía suavemente, delicadamente, la parte inferior de la boca. Era un beso húmedo, de dos labios deformes que saben armonizarse de la única manera. Durante el beso, los labios eran mayores. Todavía me recuerdo: absorto, contemplando, no a ellos, sino el beso. En aquel instante pasaron por mi mente, todos los labios de las mujeres amadas. Y ninguna de ellas tenía aquellos labios, mucho menos, me habían besado con tanta pasión, como aquella niña, de trece años, le correspondía a su compañero de carpeta. No los interrumpí, pero sí los seguí observando.   

domingo, 3 de marzo de 2013

Soledad


Se reducía a mi mesa, a mis veinte cajas de libros y al cuarto pequeño, de escarabajo. Aburrido de leer o de estar echado en la cama, encendía la radio y me ponía a cantar, a bailar envuelto en la frazada y de pronto me descubría aplaudiendo, riendo a carcajadas, sin sentido; o, lo que era peor, me cuadraba frente a la pared, y arremetía contra ella, de manera desesperada, culpándola de mi encierro y de la enorme desolación que sentía.

El cuchillo


Me gusta la ensalada de tomate. Esas rodajitas bañadas con una finita capita de sal. Había comprado la sal, faltaban los tomates y el cuchillo. Vivo solo, desde hace seis años. Me dirigí a Vara de Oro, compré un kilo de tomate y subí al segundo piso, donde venden los cuchillos. A la señora le dije que quería uno muy bueno. “Los Facusa”, dijo. Sacó una serie de cuchillos, de diferentes tamaños. “¿Para qué quiere, joven?”, preguntó. “Para cortar tomates”, respondí. “Ah –dijo-. Este está bien”. Me alcanzó un mantequillero. Lo recibí y lo dejé sobre las otras cosas. Me había fijado en uno de treinta centímetros. Lo cogí muy sorprendido. La hoja plateada brillaba, y mi rostro serio, adusto, se reflejó en ella. Nunca antes he sentido tanto placer al comprar algo. Ni siquiera cuando compré el televisor de 32 pulgadas ni el equipo con sus dos enormes parlantes. Contemplé la hoja. Acaricié su filo en el aire. De pronto, la señora: “Hay uno más grande”, dijo. La miré con euforia, con excitación. Ya lo quería en mi mano. “¿Puede mostrármelo, por favor?” La señora buscó entre platos y ollas. En breve, sacó algo muy largo, envuelto en hojas de papel periódico. Lo desenvolvió, y ante mí tuve el objeto más hermoso que nunca antes, a mis veinticinco años, había visto. Lo cogí temblando. Pasé el índice por la hoja. Sentí su filo en el centro de la yema. Sentí su frivolidad, su crueldad, y ese terror que sienten los hombres moribundos. Cuando levanté la mirada, de lo absortó que había quedado, vi los ojos aterrorizados de la mujer. “¿Cuánto es? –le dije-. Me lo llevo”.

Impotencia


En el 2006 trabajaba en Ate. Los vehículos parecían tortugas viejas, yo tenía mucha prisa. Había salido tarde. Cuando la custer llegó a donde había ocurrido el accidente, recibí un impacto muy fuerte; hasta el día de hoy, cada vez que lo recuerdo, veo al hombre tendido, convulsionando, piernas y brazos agitándose, como muñeco de titiritero, que ha perdido la pasión por su arte. Tuve la tentación de bajarme, no lo hice. Tuve la tentación de gritarle al imbécil del policía, que lo ayudara, que qué hacía parado junto al hombre, viendo cómo moría. Impotente, bajé la mirada, pero mis ojos, al extremo derecho, vieron a una niña, de pie, temblando, horrorizada. Entonces comprendí, que el hombre moribundo era familiar suyo y que juntos habían intentado cruzar la avenida. ¿Qué será de la niña?, me pregunto, seis años después.

Ojos verdes


Había terminado la universidad, buscaba trabajo. Nada mejor para conocer Lima, cuando se busca trabajo. Un día recibí la llamada de un colegio de San Juan de Lurigancho. Quedaba a la altura de la treinta de Wiese. Tenía que ir a dar una clase modelo. Una clase modelo con alumnos. Cuando llegué había cinco profesores que, como yo, querían el trabajo. Esperé más de media hora, y me tocó el turno de ingresar al aula. Era mi quinta clase modelo, sabía lo que tenía que hacer. Mientras trazaba las líneas en la pizarra, les preguntaba a los alumnos si les gustaba manejar bicicleta. Tenía un ejemplo sobre las partes de la bicicleta. El tema era Categorías verbales. Mientras explicaba el ejemplo, para luego explicar la teoría de los accidentes gramaticales del verbo, sentí el silencio del aula. Era un silencio reconfortante. A ellos les gustó el ejemplo de la bicicleta. Al finalizar cada clase, tenía una técnica. Consistía en repetir dos o tres veces mi nombre completo y el curso que enseñaba. Si a los alumnos les había gustado la clase, preguntarían por el profesor, y si al coordinador también le había gustado la clase, me tendría muy en cuenta. En eso, se acercaron tres alumnas. Muy simpáticas las tres. Una de ellas, la más agraciada, me preguntó que cómo se escribía mi nombre. Sus compañeras, decían que “Paul”, y la más agraciada, me mostró la palma de su mano y me preguntó, si era así: “Pool”. No he podido olvidar mi nombre en la palma de la mano de aquella niña de ojos verdes, brillantes, bucles castaños y parte del cabello recogido en una pequeña cola. Era un ángel. Aun así, no sé por qué no me llamaron. Quizá por algo fundamental: no haber escrito mi nombre en la pizarra.

Puerta de vidrio


Es una gigantesca paleta en mitad de la vereda. Cuando salgo a la avenida, sé que la encontraré allí. Y también sé que miraré al hombre. Él sabe que me irrita. No digo nada, pero muchas veces he tenido la tentación de pararme enfrente, y decirle: “Oiga, señor, su puerta invade la vereda. Deberá retirarla. De lo contrario, me quejaré con serenazgo”. Me mirará, sonreirá, y seguirá atendiendo al cliente. ¿Qué hacer con tanta indiferencia? Lo tomaré como un insulto, y detesto que la gente se burle de mí. Sería fácil, a propósito, chocar con ella, y golpearme la cara muy fuerte, para que los transeúntes se alarmen del peligro que representa y me den la razón de que la puerta debería retirarse. Sin embargo, no lo hago. Nadie hace nada. Y mañana, y todos los días, que salga a comprar a Gran Chimú, encontraré la puerta y sentiré la misma desazón.

Orgasmo

Era una niña muy dócil. Cada vez que le revisaba el cuaderno, salía enamorado de sus páginas, de sus colores, de su redondita letra. Yo llenaba la pizarra, el timbre ya había sonado, y tenía que apresurarme, porque las aulas tenían cámaras. Enseñar en un colegio de mujeres es muy complicado. Hay que tener mucho más cuidado con lo que se dice y con lo que se hace. Por ejemplo, a ninguna de ellas les decía alumna, las llamaba Señoritas. No podía mirarles de frente, si lo hacía, tenía que ser rápido. Estaban advertidas. Ningún profesor podía darles un beso en la mejilla, mucho menos quedarse a solas con él, por ningún motivo. Si tenían que hacerlo, en el aula debía permanecer otra alumna u otro profesor. Anita, muy tímida, me dijo: “Teacher, ¿puedo hacerle una pregunta?”. “Claro”, le dije. “¿Qué es un orgasmo?” Quedé con la punta del plumón en el aire, mis ojos en blanco, sin saber si miraban a la pizarra, al plumón o repasaban las imágenes que representaban el significado de dicha palabra. Sin saber qué responder, lo primero que llegó a mi mente, fue el rugido de la directora llamándome a su madriguera. Ya escuchaba sus gritos, sus recriminaciones, mi posible separación del colegio. “¿Dónde la has escuchado?”, reaccioné, fue lo único que se me ocurrió. “Ayer miraba una película, y una chica dijo eso”, dijo. Ahora, ¿qué debía decir? ¿Cómo explicarle sin meterme en problemas? Anita apenas tenía trece años. ¿Entendería? ¿No interpretaría mal mis explicaciones? ¿Qué ocurriría si una de sus compañeras me escuchaba? “Son palabras que utilizamos los adultos”, dije, y me sentí fortalecido, secándome el sudor. Entendió, sonrió, me dijo gracias, y regresó a sentarse.

Mi vecina

Su marido es policía, mide más de uno ochenta. Cada vez que me encuentra en el pasadizo, me saluda, me sonríe; y al pasar acompañada del esposo, pasa seria, conversa con él, hace como si nunca me hubiera saludado. Es delgada, no muy alta; con unas ligeras pequitas que adornan sus cabellos castaños. Un día, a las once de la noche, me encontraba escribiendo en la computadora. Y tocaron la puerta. Me asusté. ¿Quién puede ser a esta hora? Además, aún tenía la paranoia del robo sufrido hace meses. Me armé de valor, abrí la puerta y encontré a mi vecina, seria; me saluda, tartamuda, me dice que le ayude a mover un recipiente que se encuentra en la ducha. Quedé desconcertado, no sabía si mirarla o rehuir la mirada hacia los cordeles de ropa: solo tenía envuelta una toalla. Moví el tanque, y nervioso regresé a mi habitación. Desde allí escuchaba caer el agua. “Me está poniendo a prueba”, me dije. Desde entonces, no he dejado de pensar en ella. Todas las mañanas la encuentro, y me saluda sonriente. Y cada vez que lo hace, trato de corresponderle de la misma forma; y cuando estoy leyendo, pierdo rápidamente la concentración. Espero pasar el examen.