
Es una gigantesca paleta en mitad de la vereda. Cuando salgo a la avenida, sé que la encontraré allí. Y también sé que miraré al hombre. Él sabe que me irrita. No digo nada, pero muchas veces he tenido la tentación de pararme enfrente, y decirle: “Oiga, señor, su puerta invade la vereda. Deberá retirarla. De lo contrario, me quejaré con serenazgo”. Me mirará, sonreirá, y seguirá atendiendo al cliente. ¿Qué hacer con tanta indiferencia? Lo tomaré como un insulto, y detesto que la gente se burle de mí. Sería fácil, a propósito, chocar con ella, y golpearme la cara muy fuerte, para que los transeúntes se alarmen del peligro que representa y me den la razón de que la puerta debería retirarse. Sin embargo, no lo hago. Nadie hace nada. Y mañana, y todos los días, que salga a comprar a Gran Chimú, encontraré la puerta y sentiré la misma desazón.
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