domingo, 3 de marzo de 2013

Ojos verdes


Había terminado la universidad, buscaba trabajo. Nada mejor para conocer Lima, cuando se busca trabajo. Un día recibí la llamada de un colegio de San Juan de Lurigancho. Quedaba a la altura de la treinta de Wiese. Tenía que ir a dar una clase modelo. Una clase modelo con alumnos. Cuando llegué había cinco profesores que, como yo, querían el trabajo. Esperé más de media hora, y me tocó el turno de ingresar al aula. Era mi quinta clase modelo, sabía lo que tenía que hacer. Mientras trazaba las líneas en la pizarra, les preguntaba a los alumnos si les gustaba manejar bicicleta. Tenía un ejemplo sobre las partes de la bicicleta. El tema era Categorías verbales. Mientras explicaba el ejemplo, para luego explicar la teoría de los accidentes gramaticales del verbo, sentí el silencio del aula. Era un silencio reconfortante. A ellos les gustó el ejemplo de la bicicleta. Al finalizar cada clase, tenía una técnica. Consistía en repetir dos o tres veces mi nombre completo y el curso que enseñaba. Si a los alumnos les había gustado la clase, preguntarían por el profesor, y si al coordinador también le había gustado la clase, me tendría muy en cuenta. En eso, se acercaron tres alumnas. Muy simpáticas las tres. Una de ellas, la más agraciada, me preguntó que cómo se escribía mi nombre. Sus compañeras, decían que “Paul”, y la más agraciada, me mostró la palma de su mano y me preguntó, si era así: “Pool”. No he podido olvidar mi nombre en la palma de la mano de aquella niña de ojos verdes, brillantes, bucles castaños y parte del cabello recogido en una pequeña cola. Era un ángel. Aun así, no sé por qué no me llamaron. Quizá por algo fundamental: no haber escrito mi nombre en la pizarra.

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