sábado, 23 de marzo de 2013

Tu vientre


Siempre miramos la película que compra en Gran Chimú. En las escenas románticas, besos prolongados, insinuaciones eróticas, coloco mi mano en su vientre. Mis dedos, sigilosos, como patitas de araña cazadora, en busca de su presa, levantan la puntita del pliegue de su blusa. Cuando mi mano cubre su vientre, me detengo, no puedo osar más lejos; de lo contrario, se incorpora, se irrita, y sin hacer un gesto despectivo, dice: “Tengo que irme. Es tarde. Lo siento”. No debo pasar la línea imaginaria que ha trazado. Lo he intentado muchas veces, y todas esas veces rehusó, y me ha dejado a mitad de película. Cada vez que llego a la última escena de nuestras citas, queda impregnado en mí, el veneno de su flácido vientre, de sus ojos vacilantes. Siempre me lo pregunto, por qué lo hice, por qué pasé la línea, y siempre vuelvo a caer. Tengo la cabeza obtusa, no sé aprovechar su compañía. Su vientre de serpiente puedo acariciar, sentir su tibieza, su elasticidad; si oso ir más allá, me muerde, y me deja inoculado el veneno de esta tarde llena de música, de ruidos de skateboard y gritos infantiles, que llegan desde el parque. 

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