Siempre
miramos la película que compra en Gran Chimú. En las escenas románticas, besos
prolongados, insinuaciones eróticas, coloco mi mano en su vientre. Mis dedos,
sigilosos, como patitas de araña cazadora, en busca de su presa, levantan la
puntita del pliegue de su blusa. Cuando mi mano cubre su vientre, me detengo,
no puedo osar más lejos; de lo contrario, se incorpora, se irrita, y sin hacer
un gesto despectivo, dice: “Tengo que irme. Es tarde. Lo siento”. No debo pasar
la línea imaginaria que ha trazado. Lo he intentado muchas veces, y todas esas
veces rehusó, y me ha dejado a mitad de película. Cada vez que llego a la
última escena de nuestras citas, queda impregnado en mí, el veneno de su
flácido vientre, de sus ojos vacilantes. Siempre me lo pregunto, por qué lo
hice, por qué pasé la línea, y siempre vuelvo a caer. Tengo la cabeza obtusa,
no sé aprovechar su compañía. Su vientre de serpiente puedo acariciar, sentir
su tibieza, su elasticidad; si oso ir más allá, me muerde, y me deja inoculado
el veneno de esta tarde llena de música, de ruidos de skateboard y gritos
infantiles, que llegan desde el parque.

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