domingo, 3 de marzo de 2013

Orgasmo

Era una niña muy dócil. Cada vez que le revisaba el cuaderno, salía enamorado de sus páginas, de sus colores, de su redondita letra. Yo llenaba la pizarra, el timbre ya había sonado, y tenía que apresurarme, porque las aulas tenían cámaras. Enseñar en un colegio de mujeres es muy complicado. Hay que tener mucho más cuidado con lo que se dice y con lo que se hace. Por ejemplo, a ninguna de ellas les decía alumna, las llamaba Señoritas. No podía mirarles de frente, si lo hacía, tenía que ser rápido. Estaban advertidas. Ningún profesor podía darles un beso en la mejilla, mucho menos quedarse a solas con él, por ningún motivo. Si tenían que hacerlo, en el aula debía permanecer otra alumna u otro profesor. Anita, muy tímida, me dijo: “Teacher, ¿puedo hacerle una pregunta?”. “Claro”, le dije. “¿Qué es un orgasmo?” Quedé con la punta del plumón en el aire, mis ojos en blanco, sin saber si miraban a la pizarra, al plumón o repasaban las imágenes que representaban el significado de dicha palabra. Sin saber qué responder, lo primero que llegó a mi mente, fue el rugido de la directora llamándome a su madriguera. Ya escuchaba sus gritos, sus recriminaciones, mi posible separación del colegio. “¿Dónde la has escuchado?”, reaccioné, fue lo único que se me ocurrió. “Ayer miraba una película, y una chica dijo eso”, dijo. Ahora, ¿qué debía decir? ¿Cómo explicarle sin meterme en problemas? Anita apenas tenía trece años. ¿Entendería? ¿No interpretaría mal mis explicaciones? ¿Qué ocurriría si una de sus compañeras me escuchaba? “Son palabras que utilizamos los adultos”, dije, y me sentí fortalecido, secándome el sudor. Entendió, sonrió, me dijo gracias, y regresó a sentarse.

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