
Se reducía a mi mesa, a mis veinte cajas de libros y al cuarto pequeño, de escarabajo. Aburrido de leer o de estar echado en la cama, encendía la radio y me ponía a cantar, a bailar envuelto en la frazada y de pronto me descubría aplaudiendo, riendo a carcajadas, sin sentido; o, lo que era peor, me cuadraba frente a la pared, y arremetía contra ella, de manera desesperada, culpándola de mi encierro y de la enorme desolación que sentía.
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