Nunca
antes sentí envidia de un beso. Él y ella, los ojos cerrados. Él inclinado
hacia la derecha, ella, hacia la izquierda. Él entreabría los labios, ella le
mordía suavemente, delicadamente, la parte inferior de la boca. Era un beso
húmedo, de dos labios deformes que saben armonizarse de la única manera.
Durante el beso, los labios eran mayores. Todavía me recuerdo: absorto,
contemplando, no a ellos, sino el beso. En aquel instante pasaron por mi mente,
todos los labios de las mujeres amadas. Y ninguna de ellas tenía aquellos
labios, mucho menos, me habían besado con tanta pasión, como aquella niña, de
trece años, le correspondía a su compañero de carpeta. No los interrumpí, pero
sí los seguí observando.

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