
Me gusta la ensalada de tomate. Esas rodajitas bañadas con una finita capita de sal. Había comprado la sal, faltaban los tomates y el cuchillo. Vivo solo, desde hace seis años. Me dirigí a Vara de Oro, compré un kilo de tomate y subí al segundo piso, donde venden los cuchillos. A la señora le dije que quería uno muy bueno. “Los Facusa”, dijo. Sacó una serie de cuchillos, de diferentes tamaños. “¿Para qué quiere, joven?”, preguntó. “Para cortar tomates”, respondí. “Ah –dijo-. Este está bien”. Me alcanzó un mantequillero. Lo recibí y lo dejé sobre las otras cosas. Me había fijado en uno de treinta centímetros. Lo cogí muy sorprendido. La hoja plateada brillaba, y mi rostro serio, adusto, se reflejó en ella. Nunca antes he sentido tanto placer al comprar algo. Ni siquiera cuando compré el televisor de 32 pulgadas ni el equipo con sus dos enormes parlantes. Contemplé la hoja. Acaricié su filo en el aire. De pronto, la señora: “Hay uno más grande”, dijo. La miré con euforia, con excitación. Ya lo quería en mi mano. “¿Puede mostrármelo, por favor?” La señora buscó entre platos y ollas. En breve, sacó algo muy largo, envuelto en hojas de papel periódico. Lo desenvolvió, y ante mí tuve el objeto más hermoso que nunca antes, a mis veinticinco años, había visto. Lo cogí temblando. Pasé el índice por la hoja. Sentí su filo en el centro de la yema. Sentí su frivolidad, su crueldad, y ese terror que sienten los hombres moribundos. Cuando levanté la mirada, de lo absortó que había quedado, vi los ojos aterrorizados de la mujer. “¿Cuánto es? –le dije-. Me lo llevo”.
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